This study examines the resurrection of Jesus from a historical-critical perspective, focusing on the diversity of early Christian interpretations rather than on the verification of the event itself. The earliest sources, particularly the letters of Paul of Tarsus, present the resurrection in terms of appearances (ōphthē), suggesting revelatory experiences rather than empirical descriptions. The canonical Gospels reflect a progressive development: from the silence and ambiguity of Gospel of Mark to the apologetic concerns of Gospel of Matthew, and the emphasis on corporeality in Gospel of Luke and Gospel of John, where the risen body is both tangible and transformed. The ascension narratives, especially in Luke-Acts, function as a theological resolution to the problem of the risen body’s absence.
Beyond the canonical tradition, apocryphal texts such as the Gospel of Peter and various Gnostic writings offer alternative developments, ranging from symbolic dramatization to interiorized interpretations of resurrection as knowledge (gnosis). This plurality reveals that early Christianity did not hold a single, unified understanding of the resurrection, but rather a spectrum of theological constructions shaped by different contexts and concerns.
From a historical-critical standpoint, the resurrection emerges not as a directly verifiable event, but as an interpreted phenomenon at the intersection of experience, memory, and theology—one that played a decisive role in the formation of early Christian identity.
La resurrección de Jesús es, probablemente, el punto donde la investigación histórico-crítica tropieza con su propio límite. No porque no pueda decir nada, sino porque lo que puede afirmar es muy distinto de lo que afirma la fe. La historia puede estudiar textos, tradiciones, lenguajes, evoluciones doctrinales y experiencias comunitarias; no puede verificar un acontecimiento trascendente en cuanto tal. Y eso se percibe con especial claridad en las tradiciones pascuales.
Lo primero que llama la atención es que ningún evangelio canónico describe el instante mismo de la resurrección. Nadie ve a Jesús salir del sepulcro. Lo que tenemos son, por un lado, relatos de tumba vacía y, por otro, tradiciones de apariciones. Esa ausencia ya es significativa: el cristianismo primitivo no empezó con una crónica del hecho, sino con la convicción de que Jesús había sido exaltado por Dios y se había manifestado a los suyos.
Los textos más antiguos no son los evangelios, sino Pablo, especialmente 1 Corintios 15. Allí no encontramos tumba vacía, mujeres en el sepulcro ni descripción narrativa alguna. Encontramos una fórmula de tradición: Cristo murió, fue sepultado, resucitó al tercer día y se apareció a Cefas, a los Doce y a otros. El verbo griego ὤφθη, ōphthē, no describe un proceso físico observable; remite más bien a una manifestación, una aparición, una experiencia revelatoria. Eso sitúa el estrato más antiguo de la fe pascual en el terreno de las experiencias de visión o revelación, no en el de una descripción empírica del suceso.
Además, Pablo introduce una idea decisiva: la del “cuerpo espiritual”. En 1 Corintios 15 no contrapone cuerpo y no-cuerpo, sino dos modos de corporeidad: el cuerpo “psíquico” o animado y el cuerpo “espiritual”. Es decir, la resurrección no sería una simple reanimación del cadáver, sino una transformación de la existencia. El cuerpo resucitado no es el cuerpo mortal tal como era antes. Esta intuición paulina es capital, porque muestra que ya en la tradición más antigua el problema no era solo afirmar que Jesús vive, sino explicar qué tipo de vida es esa.
La tradición deuteropaulina desarrollará después esta línea con una teología más amplia y más cósmica. En textos como Efesios o Colosenses, el acento ya no recae tanto en la descripción de las apariciones, sino en la exaltación celeste de Cristo, su señorío universal y su presencia gloriosa sobre la Iglesia y el cosmos. Ahí la Pascua queda cada vez más integrada en una cristología de entronización y soberanía. No desaparece la resurrección, pero pierde relieve narrativo y gana espesor teológico.
Cuando llegamos a los evangelios, se percibe claramente una evolución.
Marcos, en su final más antiguo, termina de manera abrupta con el sepulcro vacío, el anuncio del joven vestido de blanco y el miedo de las mujeres. No hay apariciones. No hay escena triunfal. No hay descripción del resucitado. Marcos representa una tradición sobria y enigmática: la resurrección no se narra; solo se anuncia. Su silencio quizá preserve una gran antigüedad, pero también obliga al lector a dar el salto de la proclamación a la fe.
Mateo retoma a Marcos, pero introduce un desarrollo nuevo y muy significativo. Añade el terremoto, el ángel que desciende, la guardia en el sepulcro y, sobre todo, el episodio del soborno a los soldados. Aquí la intención apologética es clara: responder a la polémica según la cual el cuerpo habría sido robado. Mateo no solo transmite tradición pascual; también combate objeciones. Su relato está mucho más marcado por la controversia con otros grupos judíos y por la necesidad de defender la verdad de la resurrección. La aparición final en Galilea, además, tiene un tono majestuoso y eclesial: el resucitado posee ya toda autoridad y envía a sus discípulos. No es tanto un relato sobre “qué pasó” como una interpretación de lo que ese “haber resucitado” significa para la comunidad.
Lucas da un paso más. Su gran preocupación es ratificar la realidad del resucitado frente a cualquier lectura excesivamente visionaria o espiritualizante. Por eso insiste en que Jesús no es un mero espíritu: se deja tocar, muestra manos y pies, come delante de los discípulos. Pero precisamente esta insistencia delata que existía el problema. Si había que subrayar tanto la corporeidad, es porque esa corporeidad resultaba discutida o, al menos, compleja. Y, de hecho, el cuerpo del resucitado en Lucas no es simplemente el mismo de la vida terrena: aparece de pronto, desaparece, no siempre es reconocido de inmediato, pertenece ya a otro orden de existencia.
Aquí entra la ascensión, fundamental en Lucas y en Hechos. No es un detalle decorativo. Cumple una función teológica decisiva: resolver narrativamente qué ha sucedido con ese cuerpo resucitado. Si Jesús ha resucitado corporalmente, pero ya no permanece entre los suyos como antes, hay que explicar su ausencia. La ascensión responde a esa necesidad. Además, Lucas y Hechos muestran que la tradición estaba todavía elaborándose: en el evangelio, la ascensión parece prácticamente inmediata; en Hechos, se pospone cuarenta días. La divergencia muestra que no estamos ante un dato cronístico fijo, sino ante una construcción teológica destinada a cerrar el tiempo de las apariciones y a situar definitivamente a Jesús en la esfera divina.
Juan, por su parte, ofrece la formulación más refinada y teológicamente elaborada. También insiste en la realidad del resucitado: María Magdalena lo encuentra, Tomás toca las llagas, Jesús prepara comida junto al lago. Pero, al mismo tiempo, el Jesús joánico posee rasgos claramente transfigurados: aparece en espacios cerrados, no es reconocido al primer golpe de vista, su presencia pertenece ya a otra dimensión. Juan no niega la corporeidad; la transforma. Su relato oscila deliberadamente entre continuidad y discontinuidad: es el mismo Jesús, pero no ya en el mismo modo de existencia.
Fuera del canon, el desarrollo continúa y se vuelve todavía más revelador.
El Evangelio de Pedro es extraordinario porque hace justamente lo que los canónicos no hacen: narra la resurrección. Y la narra con un lenguaje grandioso, cósmico y simbólico: dos ángeles descienden, la piedra se mueve, Jesús sale del sepulcro sostenido por ellos, las figuras alcanzan proporciones gigantescas y la cruz misma sale y responde a una voz celestial. Esto ya no es sobriedad narrativa ni apologética moderada: es una escenificación teológica desbordante. Por eso el Evangelio de Pedro no puede agruparse simplemente con Marcos o Mateo. Representa otro estadio: el momento en que la imaginación creyente llena el vacío narrativo de los textos más antiguos con una dramatización visionaria del triunfo pascual.
Y luego está la tradición gnóstica, que es riquísima precisamente porque conserva otras evoluciones de la fe postpascual. En muchos textos gnósticos, el centro no está en el sepulcro vacío ni en la rehabilitación del cuerpo, sino en la revelación secreta del resucitado a sus discípulos. El Cristo pascual aparece como maestro de sabiduría, comunicador de conocimiento, revelador de la verdadera identidad del ser humano y del origen trascendente del alma. En obras como el Evangelio de María, el Evangelio de Felipe o el Tratado sobre la Resurrección, la Pascua se interioriza: resucitar no significa simplemente que un cadáver ha vuelto a la vida, sino acceder a una condición superior de conocimiento y transformación. En ese contexto, el problema de qué ocurrió con el cuerpo pierde centralidad, porque la categoría principal ya no es la corporeidad, sino la gnosis.
Desde una perspectiva histórico-crítica, lo que aparece en la Iglesia postpascual no es una sola interpretación homogénea, sino varias líneas de desarrollo:
Una línea paulina, centrada en la aparición y en la transformación del cuerpo en “cuerpo espiritual”.
Una línea deuteropaulina, que prolonga esa fe en clave cósmica y eclesial, subrayando la exaltación gloriosa de Cristo.
Una línea marquiana, sobria y abierta, que no describe la resurrección, sino que la anuncia a través del sepulcro vacío y del miedo.
Una línea mateana, claramente apologética y eclesial, que responde a polémicas y afirma la autoridad universal del resucitado.
Una línea lucano-joánica, que insiste en la realidad del resucitado y desarrolla con fuerza la cuestión de la corporeidad, aunque presentando un cuerpo ya transformado.
Una línea apócrifa, como la del Evangelio de Pedro, que dramatiza simbólicamente el acontecimiento.
Y una línea gnóstica, que interpreta la Pascua como revelación, conocimiento y transformación interior.
Por eso, la pregunta histórico-crítica no es solo si “creían en la resurrección”, sino qué entendían por resurrección. Y la respuesta es plural. Para unos, el acento está en la aparición; para otros, en la tumba vacía; para otros, en la corporeidad transformada; para otros, en la exaltación celeste; para otros, en la revelación gnóstica. Lo común no es una descripción uniforme del hecho, sino la convicción de que Jesús no había quedado reducido a la muerte y de que su destino había sido radicalmente reinterpretado por Dios.
Históricamente, ese es el dato firme: tras la ejecución de Jesús, sus seguidores vivieron experiencias, elaboraron memorias, releídos las Escrituras y desarrollaron lenguajes diversos para expresar que seguía vivo de un modo nuevo. La resurrección, en ese sentido, no es accesible a la historia como un hecho bruto verificable, pero sí como el núcleo generador de una serie de tradiciones que transformaron el judaísmo de un pequeño grupo de discípulos en el cristianismo naciente.
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